Luís Oquendo
Supongamos que estamos en los comienzos de la historia de la humanidad, donde el hombre sólo tenía como medio de comunicación social la palabra oral y, por lo tanto, todo el conocimiento pendía de la palabra, al igual que el nuevo objeto construido, la medicina para la fiebre tifoidea, sanar las heridas en el cerebro en diez o veintes valerosos guerreros, que habían estado combatiendo contra los bárbaros que les habían capturado a sus mujeres; también había neumonías y bronquitis por efectos de los bruscos cambios climáticos; había niños, niñas, hombres y mujeres mordidos por serpientes venenosas que pululaban, igual que la hierba entre los bosques del trópicos y las montañas glaciares. La palabra escrita aún no había aparecido, como tampoco ningún icono, ni signo lingüístico; el hombre estaba en una etapa digamos con las entrecomillas del caso en una etapa bastante “rudimentaria de comunicación social”. No existía el dibujo, ni los jeroglíficos; la única comunicación era la palabra oral. Pero un día, el hombre descubre el fuego, al otro día piensa en la necesidad de inventar la electricidad, y ese hombre inventó la electricidad y logró alumbrar la cueva donde él y su familia se guarecerían del frío y de los animales salvajes. Pensemos un momento cómo haría ese hombre para llevar la electricidad a otros poblados distantes no sólo en días o semanas sino en meses porque el hombre aún estaba en la etapa de la “rudimentaria comunicación social”.
Sé que en esta brevísima historia he realizado saltos de gansos en la historia, pero estos mismos saltos nos permitirán descubrir que ese hombre de la oralidad que lleva, transporta, de generación en generación el saber a través de la palabra que escucha, la palabra oída, produce un conocimiento cuya forma de trasmitirlo, comunicarlo, lo trueca. El hombre de la oralidad hace unos cambios a esa planta eléctrica, cambios que no son ciertos, porque había escuchado bombilla y era bobina, también escuchó conector y era interruptor. Los canales de comunicación en la oralidad se pasan de un extremo a otro, se alteran. Recuerden que estamos antes de la edad de los metales donde la creación artística hizo su hito, pero, por favor, borremos esta etapa de la historia y contentémonos con la invención de la electricidad por el hombre anterior al Neandertal. Este mismo hombre puede ser el inventor de una tecnología como la ingeniería biológica, creador de injertos vasculares. El asunto está en como llegaría este hombre a la obtención de estos conocimientos donde hay la participación de un conjunto de saberes. ¿Lo podrá obtener en una cultura de la oralidad? De igual manera podrá una cultura de la oralidad construir un método científico, entendiendo este en el sentido popperiano”...no en la manera como se descubre sino el procedimiento mediante el que algo se fundamente” (Popper, 1998:47)
No es que esté en contra de la cultura oral, (de esta me he apoyado en todos mis artículos y tesis de maestría y doctoral), pero esta tiene un escalón en la historia de la globalización en la cual estamos inmersos. La cultura de la vasta mayoría de la sociedad venezolana es oral. La Misión Robinson ha puesto a deletrear a unos cuantos y no entraré en querellas sobre el asunto. La Misión Ribas condujo a un alto grupo de excluidos a obtener el Título de Bachiller y hoy han ingresado a las distintas universidades del país. Sin embargo, estos que eran excluidos del sistema escolar siguen excluidos de la comunicación tecnológica, la cual constituye hoy el vehiculo para hacer ciencia, e inventar desde los más diminutos aparatos hasta el remodelaje de una turbina. ¿Cómo masificar la ciencia, si los obreros de nuestro país que salen de las fábricas los viernes, o los quinces de cada mes y se dirigen a un cajero automático y no conocen cómo tener entrada en un sistema electrónico, simplificadísimo para su uso? Y aquí no cabe ningún comentario de torpeza, la única observación es que no leen, no hay cultura de lectura, ni siguiera de las más mínimas instrucciones. Podemos alcanzar la propuesta del MCT Modelar una nueva cultura científica y tecnológica que aborde la organización colectiva de la ciencia, el diálogo de saberes, la integralidad, la interdisciplinariedad y la participación de diversidad de actores en el ámbito del desarrollo científico-tecnológico del país, con la finalidad de alcanzar mayores niveles de soberanía, con una acción de convocatoria masiva de actores, aunque esta no es la única propuesta de la Misión Ciencia, el “diálogo de saberes” se construye con actores que tengan entronizada la lectura como único medio de la modernidad para entrar en la competencia del saber. ¿Quienes tendrán acceso a la visibilidad y promoción social de la ciencia?, Aunque la respuesta es banal, sólo aquellos que tengan hábitos de lectura y escritura. La sociedad de la escritura no la podemos quitar del camino en el cual va la historia de la humanidad; la cultura de la oralidad tiene otras orientaciones, no menos válidas y de alto valor humano, pero no conducen a la construcción de episteme en la ciencia del mundo de hoy, de lo contrario a Newton y a Galileo le hubiesen derrumbado los paradigmas mucho antes de la invención del telescopio y de otros aparatos que han sido producto de la tecnología mecánica e informática.
De lo anterior caben algunas preguntas: Hay en los programas de educación del país, planes para promover desde el aula tecnología popular como la que hiciera Zambrano quien “Ideó peladoras de zanahorias, de fresas, clasificadoras de ajos, moledores de café”. ¿Reciben nuestros docentes de nivel básico y secundario cursos para fomentar en ellos mismos la tecnología, y por qué no “Tecnología Educativa”?. Cuál es la cultura de la tecnología exponen nuestros docentes?
Estoy seguro de que nuestros indígenas que han vivido por centenares de años en las riberas del Orinoco y fueron, y han sido vigilantes del sistema ecológico amazonense, pero hoy la cultura depredadora ha venido desbastando el ecosistema de las riberas del Orinoco donde al vigilante milenario lo desplazaron, no tienen cabida para contrarrestar el daño que le han causado a las riberas del Orinoco. Teniendo esto en consideración, al momento de evaluar los corredores ribereños del Orinoco en la conservación de la biodiversidad, siendo los niveles naturales de inundación y la heterogeneidad de factores importantes en sustentar la biodiversidad de los ecosistemas ribereños. Esto último, debe ser realizado por ingenieros, biólogos, ecologistas, es decir, un equipo multidisciplinario, lo cual requiere no sólo un “saber” sino una manera de “saber aplicando saber”, donde haya voluntad de trabajo, en el sentido que la acción que realiza el tecnólogo forme parte del programa de su vida. El científico, el hacedor de ciencia, de tecnología, sea popular o de la más sofisticada, tiene como dirección en su vida cotidiana, el placer de crear, de inventar; el mismo Zambrano lo dijo en alguna de las entrevistas que le hicieron.
Pero hoy, aunque no queramos, estamos en un mundo globalizado donde el tren de la modernidad nos ha instalado, y no hay vuelta atrás. Me pregunto, ¿hubo en la sociedad hipotética, la del Neandertal que comenté, una filosofía científica? Indudablemente que la respuesta sería una carcajada o una torcedura de la cara; ni siguiera en los PPI de nuestra universidades hay una cultura que se haya volcado a elaborar una filosofía científica, lo cual conduciría a una demarcación de la ciencia y a modelar una nueva cultura científica y tecnológica que aborde la organización colectiva de la ciencia.
¿Cómo modelar una cultura científica y tecnológica, no solamente porque no leemos, ni haya actitud lectora, sino porque nuestras universidades carecen de espacios e instrumentos para la lectura del saber de hoy?
La cultura de la lecturalidad, del debate de ideas, de la participación democrática en la contrastación de los diálogos de los saberes, hacia acá debe dirigirse la Misión Ciencia; nuestras universidades son espacios de diálogos solitarios, sin una cultura del diálogo académico.
La Misión Ciencia no ha construido en su planificación un flujograma donde se perciba la participación del Ministerio de Educación Superior a través de las Universidades Nacionales. La MC actúa como actor –agente en su programa, pues su consideración es la que apuntaba Giordani (1996:284) “…un ente que decide y actúa, donde la acción es en cierto sentido una consecuencia de las decisiones del actor”, es decir, la muerte del sujeto social. Obvia la MC las estrategias de planificación insertadas en un contexto real, concreto. No hay arreglos a fines en la acción que adelantan los actores. Estos se confunden de acuerdo a la presentación de la MC con el Estado, pero el Estado es una concreción real donde participan unos sujetos que si bien conviven, no todos son portadores de la misma ideología y, que han tenido alguna contribución, no por eso los podemos desechar, anularlos. La convivencia de las ideologías en una política de planificación científica convierte a los flujogramas, con los cuales se elaboran lo que sí sería LA MISIÓN, en el espacio de la voluntad política de la planificación donde podría elaborarse el perfil de las distintas voluntades administrativas que participan en los planes y programas que constituyen el órgano de una planificación.
Las voluntades no son actos espontáneos, se construyen. La construcción de voluntades se alcanza en las sociedades donde el pueblo a través de sus actores ha entrado al mundo de la ciencia porque hay unas redes que ‘atrapan’ en el sentido de la pasión que tiene la palabra entrecomillada aquél y aquellos sujetos que han hecho del diálogo de la ciencia su forma de vida.