Por un Sacudón Epistemológico
Rigoberto Lanz
"Una revolución científico-técnica como la que se anuncia con gran alborozo en todo el mundo supone en primerísimo lugar una nueva teoría de la ciencia y la técnica. Esa teoría no viene espontáneamente por secreción del páncreas sino como resultado de un titánico esfuerzo colectivo por repensarlo todo. De eso de trata."

La famosa “resistencia al cambio” tantas veces analizada por el pensamiento académico y las élites políticas tiene un nicho bien instalado en las prácticas culturales, en los discursos que habitan las representaciones de lo bello, de lo bueno, de lo justo, de lo verdadero. Cuando se plantea un proyecto de transformación de una sociedad a lo que se está apuntando es precisamente a esta constelación de categorías que sueldan la cohesión social, que garantizan la incesante reproducción de lo mismo, es decir, la perpetuación de los mecanismos de poder incrustados en la mentalidad de la gente. No hay revolución posible sin el trastrocamiento de esas categorías mentales. No hay cambio que valga sin la remoción de esas representaciones soldadas a la conciencia de la gente. ¿Cómo ocurre un cambio cultural? ¿Cómo se opera una transformación de los modos de pensar?
Del largo listado de factores que inciden en la mentada “resistencia al cambio” hay uno que debe preocuparnos especialmente: los modelos cognitivos instalados, es decir, el paradigma epistemológico desde el cual se piensa lo que se piensa (por lo general sin mucha conciencia de que se está pensando efectivamente desde una cierta matriz epistemológica). Una revolución que no pase por un profundo cambio de los modos de pensar está condenada (por muy radical que sea en el campo político y por mucha voluntad que pongan sus operadores en la lucha de todos los días). No habrá transformación verdadera con los modelos de pensamiento que hemos heredado. No hay cambio posible a partir del repertorio epistemológico de la Modernidad. Todo esfuerzo por pulverizar los núcleos duros del poder supone—al mismo tiempo—similar esfuerzo por disolver los núcleos duros de la racionalidad instalada. Es mucho más fácil demoler (incluso físicamente) una institución cualquiera del Estado capitalista que extirpar un concepto de la mente de la gente. Y de lo que se trata es justamente de una gigantesca operación de extirpación de un enorme basurero epistémico que habita impunemente en la conciencia colectiva, en la mirada enajenada de la gente, en el sentido común dominante.
Este drama se vive con mucha más intensidad en aquellos espacios vitales en los que se modelan esas mentalidades: la educación, la cultura, la comunicación (y atravesándolos a todos, el universo de los discursos y prácticas de la ciencia y la tecnología). En estos campos las tensiones entre una voluntad de cambio y la inercia de los valores instalados es brutal. La gente puede estar de buena gana incorporada a procesos de transformación pero los fantasmas de las mentalidades heredadas aparecerán. Muchos colegas militan intensamente en la lucha política por cambiarlo todo y sin embargo en su labor como operadores culturales, educativos, comunicacionales o tecno-científicos pueden ser perfectamente reaccionarios. Esta paradoja es consustancial a la naturaleza de una revolución cultural (no es un accidente de la experiencia venezolana), se vive de muchas maneras en todos los espacios de la sociedad, en la vida privada y en el desempeño público, a gran escala y en la micro-física de los intersticios, en la definición de políticas públicas y en la ejecución puntual de cada proyecto. ¿Algún remedio?
No hay fórmula única ni receta preconcebida para encarar estas dificultades. Los tres siglos que llevamos lidiando con la civilización de la Modernidad han sido también los tiempos para ensayar los más variados modelos de cambio. El saldo hasta hoy no es para nada alentador. Hay que reconocer que llevamos tres siglos intentando derrotar la lógica del capital con resultados muy modestos. El siglo XX fue especialmente emblemático en eso de mostrar la inviabilidad de sistemas políticos alternativos frente al liberalismo de todos los colores (al punto que la izquierda misma puede leerse como una variante del liberalismo). No veo la necesidad de apelar a eufemismos para disimular este inmenso fracaso de la voluntad revolucionaria. Al contrario, una conciencia crítica descarnada es tal vez el resorte que empuje hacia delante la comprensión de lo que efectivamente ha ocurrido en este largo trayecto. En el fondo hay toda una constelación de factores históricos que permiten hoy entender por qué no ha sido posible consolidar una experiencia de transformación radical de la sociedad burguesa. De ese repertorio de factores hay uno que vuelve a aparecer como clave: la impresionante persistencia de los mismos modos de pensar.
Digamos con Lenin: “Sin teoría revolucionaria no hay revolución”. Precisamente, la “teoría” que ha estado revoloteando en las cabezas de millones de camaradas que han querido “hacer la revolución” ha sido siempre un “teoría” reaccionaria (o lo que es lo mismo: una continuidad del paradigma epistemológico de la Modernidad). No habrá teoría revolucionaria sin un sacudón epistemológico que deconstruya la lógica imperante, los modos de pensar heredados, el imperio de categorías anacrónicas, la hegemonía ideológica de los viejos valores.
Es justo allí donde la “Misión Ciencia” puede contribuir a remover viejas concepciones, a repensar las cargas epistémicas heredadas, a desbloquear las resistencias de mentalización. Una revolución científico-técnica como la que se anuncia con gran alborozo en todo el mundo supone en primerísimo lugar una nueva teoría de la ciencia y la técnica. Esa teoría no viene espontáneamente por secreción del páncreas sino como resultado de un titánico esfuerzo colectivo por repensarlo todo. De eso de trata.
