No hay saber “universal”, la colaboración intercultural en la producción de conocimientos es imprescindible
Daniel Mato
Este escrito forma parte de una publicación más extensa, constituye la Introducción del artículo publicado en la revista Yachaykuna por este autor.
Las referencias a la presunta existencia de dos clases de saber están a la orden del día en diversos ámbitos, en algunas ocasiones estas son explícitas, en otras son implícitas, pero allí están. Uno de los propósitos de este texto es evaluar críticamente esta manera de ver el tema de los saberes y la producción de conocimientos.
Según esa manera de ver el tema, una de estas clases de saber correspondería a “la ciencia”, como modo de producción de conocimientos, y al “conocimiento científico”, como acumulación de conocimientos producidos “científicamente”, referido según los casos a una disciplina “científica” en particular o al conjunto de ellas. Frecuentemente suele asumirse, cuanto menos implícitamente, que este tipo de saber tendría validez “universal”; es decir que resultaría verdadero y aplicable en cualquier tiempo y lugar. En el marco de esa manera de ver, o visión del mundo, la otra clase correspondería a una amplia diversidad de tipos de saber, es decir de modos de producción de conocimiento y sus resultados, a los cuales, en contraposición con los de la otra clase, suele caracterizarse, según los casos, como “étnicos” o “locales”, en cualquier caso como saberes particulares, es decir “no-universales”. De este modo, se habla por ejemplo de “conocimiento local”, o también de “etno-ciencia”, lo problemático de estas denominaciones es que ambas reafirman la centralidad de “la ciencia” como “el” modo por excelencia de producción de conocimiento, tal que no necesita de adjetivos (“local”) ni prefijos (“etno”).
Dentro de tal visión de las cosas, suele asumirse que los diversos tipos de saber agrupados bajo esta segunda clase sólo tendrían validez y aplicación “local”, al menos hasta tanto sean validados con los métodos propios de “la ciencia”. Un ejemplo de esto último es la evaluación y validación de conocimientos “étnicos” y otros “locales”, sobre aplicaciones terapéuticas de especies vegetales, mediante métodos “científicos”, a lo que, dicho sea de paso, suele seguir su apropiación y patentado por instituciones “científicas” y/o laboratorios farmacéuticos.
Esta forma de ver la producción y validez de conocimiento, dividida en dos mundos en la cual uno de ellos es poseedor de verdades absolutas, es tan antigua como el credo en la superioridad de la civilización occidental, que, en su marco, sería la generadora y poseedora de tal saber pretendidamente “universal”. Esta contraposición entre un saber supuestamente “universal” y otros “locales”, o “particulares”, se ha visto incentivada en las últimas décadas por la creciente frecuencia e importancia de las relaciones entre actores sociales que desarrollan sus prácticas a escala planetaria (global), o en algunos casos continental o regional, y los que las desarrollan a escalas más “locales”, sean estas nacionales, provinciales, municipales o de comunidad. La creciente importancia de las relaciones de tipo global-local y de otras formas de relaciones transnacionales es propia de los procesos de globalización contemporáneos. A efectos del tema que nos ocupa, resulta necesario tomar en cuenta que estos procesos de globalización no comprenden sólo asuntos económicos, sino también otros de carácter predominantemente político-cultural, como aquellos que orientan las visiones de mundo y accionar de diversas organizaciones y movimientos políticos y/o sociales, como los de derechos humanos, indígenas, de afrodescendientes y de mujeres, entre otros.
Pero, además, el análisis de las limitaciones y consecuencias de la creencia en la existencia de un saber pretensiosa y pretendidamente “universal” y otros de validez apenas “local” resulta no sólo más necesario, sino también más factible, en el contexto de estos procesos de globalización. Esto debido a la creciente frecuencia e importancia de los intercambios entre actores sociales cuyas maneras de ver del mundo, producir conocimiento y accionar, se forman en muy diversos contextos, cada uno muy diferente de otro. Las particularidades de estos contextos pueden resultar significativas para la producción de conocimiento, independientemente de si ellas responden a factores histórico sociales propios de agrupamientos sociales específicos (por ejemplo, sociedades nacionales, comunidades, etc.) y/o a visiones de mundo y tradiciones de trabajo de carácter institucional, respecto de las cuales el “lugar” geográfico pueda parecer, según los casos, más o menos relevante (por ejemplo, un organismo internacional, una sociedad científica internacional, etc.). De un modo u otros, la colaboración intercultural en la producción de conocimientos se hace cada día más necesaria y también más factible.

paula dijo
pueden ayudarme a encontrar 3 ejemplos del saber universal
13 Febrero 2009 | 01:40 AM